Siempre recuerdo que me impresionó la historia de El Padrino, la profundidad y proximidad con la que se consiguió tratar un tema delicado, secreto, clandestino, como corresponde a todo aquello que se encuentra, o al menos se encontraba, "al otro lado de la ley".
Hace algún tiempo leí una entrevista, o tal vez fué alguien que me lo contó. La historia trataba de un jóven ambicioso que, en la ciudad de Chicago, en los años 30, quiso hacer fortuna acercándose a una de las "familias" más poderosas de la mafia de aquel tiempo. Como su padre era mecánico, él había aprendido desde muy pequeño a mover los coches en el taller y, en cuanto llegó a los pedales, aprendió a conducir.
Como se le daba muy bien, no le resultó difícil hacer que se fijaran en él y le dieran un puesto como conductor. Al principio era como el chico de los recados. Le utilizaban para ir de acá para allá a entregar paquetes, a recoger invitados, a realizar todo tipo de encargos. A medida que pasaba el tiempo, fué ganando confianza y le fueron encomendando tareas más importantes, más delicadas. Cuando se quiso dar cuenta, se encontró yendo de un extremo a otro de la ciudad recogiendo dinero de personas y establecimientos que tenían negocios con la familia.
Un buen día, le dijeron que tenía que llevar a dos de los miembros más imponentes de la familia; no por su cargo, sino por su tamaño. Apenas podían acomodarse en el vehículo. Le dieron la dirección y no volvieron a abrir la boca. La verdad es que nuestro amigo, el chófer, se había hecho una reputación de discreto y confiable: había aprendido que el silencio era su mejor compañero. En cuanto llegaron, sus dos pasajeros se bajaron del vehículo, cada uno por un lado, y se introdujeron en un pequeño establecimiento de bebidas que había al fondo de la calle. Permaneció en el coche, con el motor en marcha, como le habían pedido tantas veces, y al cabo de un rato, vió llegar a sus dos pasajeros que se volvieron a ocupar el asiento de atrás mientras se acomodaban la ropa. Al día siguiente leyó en el periódico que el dueño de aquel establecimiento había recibido una brutal paliza, "un ajuste de cuentas" matizaba el periodista y había fallecido esa misma noche en el hospital.Un escalofrío le recorrió la espalda, pero se había acostumbrado a no preguntar, a no abrir la boca. No fué la única vez. En las siguientes semanas las escenas se repitieron innumerables veces. Parece que otra familia se había establecido en las proximidades y se estaban "perfilando" los límites del territorio de cada una de ellas.
Algún tiempo después, recibió el encargo de volver a llevar a los dos "mensajeros" al otro lado de la ciudad.
Como de costumbre, les llevó a la dirección que le habían dado y permaneció en el coche. En esta ocasión, le dijeron que les acompañara, lo cual hizo inmediatamente por mucho que estaba acostumbrado a esperarles en el coche. Entraron en un almacén viejo y destartalado que parecía abandonado salvo por el ronronear lejano de una hormigonera. Hacía tiempo que nadie se ocupaba de reemplazar los cristales rotos en las ventanas. Atravesaron una nave y sus pasajeros le hicieron seña de detenerse al tiempo que empuñaban la enorme pistola que solían llevar a sus "visitas". Habían llegado junto a la misteriosa hormigonera, le extrañó porque no parecía que nadie estuviera haciendo obras por allí.
Le miraron con una mezcla de frialdad y misericordia, incluso notó algo de compañerismo, y le dijeron: " ... mira, muchacho, nos caes bien, pero el jefe nos ha dicho que la policía ha estado preguntando por tí, porque alguien te ha visto en el coche en dos o tres ocasiones, y antes de que se complique la cosa, con todo lo que sabes..., el jefe nos ha pedido que atemos algunos cabos..." y sin parpadear, uno de ellos le apoyó el cañón de su pistola en la cabeza y disparó.
Los dos mensajeros, sin cruzar palabra, arrastraron su cuerpo hasta un foso cercano, lo arrojaron en él y vaciaron la hormigonera sobre el cadáver. Ellos también estaban acostumbrados a hacer su trabajo con eficacia y en silencio. Ni se les ocurrió pensar que un buen día ellos también podrían ser tratados como "un cabo suelto".
Recientemente, he vuelto a recordar esta historia al pensar sobre la situación actual y el papel que en ella están jugando políticos, banqueros, directores de grandes empresas, jueces, periodistas y un largo etcétera.
Antes, cuando la población civil sufría bajas como resultado de ciertas "operaciones", se hablaba de "daños colaterales", ahora cada vez es más evidente que la población civil es el objetivo. Todos estos personajes que participan activamente, y no sin entusiasmo, en verdaderas operaciones de genocidio, de traición a sus propias leyes y a sus conciudadanos, lo hacen sirviendo oscuros planes e intereses que cada vez resultan más obvios y que se han bautizado con las siglas en inglés de Nuevo Orden Mundial (NWO).
En definitiva, estos personajes simplemente ejecutan los planes a nivel local. Todos ellos, que se creen muy importantes, y que están recibiendo inmensas cantidades de dinero y de promesas, no se dan cuenta de lo poco valiosos que son para sus jefes. Ahora piensan que son importantes porque son necesarios para hacer el trabajo sucio. Sin embargo, cuando estas operaciones se den por concluidas, o por fracasadas, estos personajes van a tener una medida directa de su verdadero valor: cero.
Como en la historia del chófer, será muy fácil "eliminar los cabos sueltos" para evitar complicaciones.
"Lo peor de las malas acciones de los hombres malvados es el silencio de los hombres buenos" (Mahatma Ghandi). "La verdad os hará libres" (Jesucristo).
martes, 3 de septiembre de 2013
lunes, 2 de septiembre de 2013
Apoptosis
La primera vez que oí la palabra apoptosis no sabía si estaban hablando de un faraón poco conocido o de un armador griego.
Aquella tarde me desperté frente al televisor, no podía precisar si había estado soñando o se trataba de algún documental de esos que ayudan suavemente a conciliar el sueño.
Se trataba de una escena que me recordaba aquella serie llamada Érase una vez el cuerpo. En la escena había un grupo de células grises, amenazadoras, prepotentes, que habían conseguido extenderse y atemorizar a toda una multitud de células sonrosadas que se esforzaban por realizar cada una su tarea.
Aquellas células grises habían conseguido apropiarse de la mayoría de los canales por los que las células rosadas recibían su alimento y los materiales que necesitaban para su tarea. Además, se las arreglaron para interceptar los canales de información que mantenía coordinada toda aquella multitud de células rosadas. Normalmente, sin dejar su tarea, sin moverse de su pequeño espacio, todas ellas estaban perfectamente y continuamente informadas de todo cuanto sucedía en el rincón más alejado de aquel organismo que, entre todas, mantenían en funcionamiento: vivo. Con los canales de información intervenidos, las células rosadas habían visto muy mermadas sus posibilidades de contribuir al buen funcionamiento y vitalidad de su anfitrión. De hecho, la situación que se había adueñado de su entorno las mantenía en un estado de letargo, en el que apenas podían funcionar y, mucho menos, comunicarse entre ellas.
Unas pocas células rosadas que consiguieron despertar del letargo, se las arreglaron para restablecer algunos canales de información y, con la poca energía que pudieron obtener, comenzaron a localizar otras células, aquí y allá, que también se estaban esforzando por recuperar sus condiciones de funcionamiento y entender y corregir la desagradable perturbación que les había estado invadiendo desde hacía algún tiempo.
Pronto, las células rosadas que habían despertado fueron estableciendo una red fuera del alcance de las células grises que todo lo invadían y anulaban. Parecía que el único propósito de las células grises consistía en apropiarse de todo, invadirlo todo, extenderse hasta dominar todos los tejidos y órganos de aquel organismo que les estaba sirviendo de anfitrión. Sin embargo, necesitaban conservar un cierto número de células rosadas porque sólo ellas producían algunas sustancias que las células grises necesitaban para vivir.
Las células rosadas que habían despertado, al principio intentaron despertar a todas las que tenían a su alrededor, pero pronto se dieron cuenta que era un proyecto inviable: algunas de sus vecinas estaban tan intoxicadas que apenas podían mantenerse vivas; no les quedaba energía ni para comunicarse con la que tenían al lado. Así pues, llegaron a la conclusión de que se iban a poner a trabajar contando solamente con aquellas que habían conseguido despertar por sus propios medios. Su número había ido creciendo, pero tan despacio que no permitía alimentar la esperanza de alcanzar un número importante.
Cada día, las células rosadas despiertas se mantenían en comunicación durante algún tiempo, entrando en una especie de meditación colectiva espontánea. Habían llegado a experimentar una curiosa sensación: participaban de una especie de pensamiento compartido. Cuanto más practicaban más palpable era la sensación de estar teniendo los mismos pensamientos, las mismas ideas y las mismas imágenes en aquella meditación grupal. Era curioso, porque al principio los pensamientos múltiples se superponían y formaban enormes cascadas y torbellinos de variados colores, pero un día ocurrió que, de repente, se formó un enorme lago de aguas cristalinas, calmadas como la superficie de un espejo. Se hizo un silencio sobrecogedor, sagrado, y todas ellas supieron y entendieron que habían conseguido escuchar todas a la vez.
Aprendieron a emitir un solo pensamiento que recorría la superficie de aquel lago como una onda producida por una sola gota de lluvia. Aquel evento dió lugar a un auténtico salto evolutivo: las células rosadas despiertas descubrieron que, desde su variedad, también podían comportarse como si fueran una sola. Habían pasado muchos días de cansancio, de desánimo, pero finalmente podían recuperar la esperanza.
Un día, cuando la superficie del lago se calmó, surgió un pensamiento-onda que recorrió toda la superficie y volvió al origen: súbitamente, las células rosadas comenzaron a cantar una nota, a emitir una vibración que resonó y produjo un enorme silencio a su alrededor. A medida que se extendía aquella nota, más y más células rosadas se unían a ella y, pronto, todo el organismo se estremeció con aquella vibración. Entonces, se empezó a extender un mensaje: un grupo de células grises, de considerable tamaño, se habían empezado a desintegrar sin motivo aparente. Como consecuencia, se produjo un enorme espacio vacío que, rápidamente, las laboriosas células rosadas ocuparon dedicándose a eliminar y reutilizar los materiales que las células grises habían dejado atrás. El revuelo fué monumental, la superficie del lago tardó bastante en volver a quedar lisa como un espejo. Algo trascendental había ocurrido.
En aquel momento, en el televisor, estaban dando la noticia de un equipo de investigadores que, a pesar de los recortes, había descubierto un procedimiento para estimular células sanas. Dichas células producían una sustancia en cuya presencia, las células de un tumor cerebral; uno de los más agresivos y devastadores, se suicidaban ordenadamente, súbitamente. El término científico que usaron fué: apoptosis.
A continuación, en las noticias, comentaron que el conjunto de los bancos habían tenido unos beneficios globales de más de 3.000 millones de euros, mientras que el país se hundía en la mayor depresión de la que se había tenido noticia en toda la historia.
En mi mente, aún somnoliento, se instaló una idea, una imagen: ¿y si los seres humanos también pudiéramos producir una sustancia, o cántico, o vibración, o lo que sea..., que haga que las "células cancerosas" que han invadido nuestra sociedad, vayan desapareciendo ordenadamente, súbitamente?...
Y sin perder un segundo, me fuí al diccionario a buscar la palabra... apoptosis ...
Aquella tarde me desperté frente al televisor, no podía precisar si había estado soñando o se trataba de algún documental de esos que ayudan suavemente a conciliar el sueño.
Se trataba de una escena que me recordaba aquella serie llamada Érase una vez el cuerpo. En la escena había un grupo de células grises, amenazadoras, prepotentes, que habían conseguido extenderse y atemorizar a toda una multitud de células sonrosadas que se esforzaban por realizar cada una su tarea.
Aquellas células grises habían conseguido apropiarse de la mayoría de los canales por los que las células rosadas recibían su alimento y los materiales que necesitaban para su tarea. Además, se las arreglaron para interceptar los canales de información que mantenía coordinada toda aquella multitud de células rosadas. Normalmente, sin dejar su tarea, sin moverse de su pequeño espacio, todas ellas estaban perfectamente y continuamente informadas de todo cuanto sucedía en el rincón más alejado de aquel organismo que, entre todas, mantenían en funcionamiento: vivo. Con los canales de información intervenidos, las células rosadas habían visto muy mermadas sus posibilidades de contribuir al buen funcionamiento y vitalidad de su anfitrión. De hecho, la situación que se había adueñado de su entorno las mantenía en un estado de letargo, en el que apenas podían funcionar y, mucho menos, comunicarse entre ellas.
Unas pocas células rosadas que consiguieron despertar del letargo, se las arreglaron para restablecer algunos canales de información y, con la poca energía que pudieron obtener, comenzaron a localizar otras células, aquí y allá, que también se estaban esforzando por recuperar sus condiciones de funcionamiento y entender y corregir la desagradable perturbación que les había estado invadiendo desde hacía algún tiempo.
Pronto, las células rosadas que habían despertado fueron estableciendo una red fuera del alcance de las células grises que todo lo invadían y anulaban. Parecía que el único propósito de las células grises consistía en apropiarse de todo, invadirlo todo, extenderse hasta dominar todos los tejidos y órganos de aquel organismo que les estaba sirviendo de anfitrión. Sin embargo, necesitaban conservar un cierto número de células rosadas porque sólo ellas producían algunas sustancias que las células grises necesitaban para vivir.
Las células rosadas que habían despertado, al principio intentaron despertar a todas las que tenían a su alrededor, pero pronto se dieron cuenta que era un proyecto inviable: algunas de sus vecinas estaban tan intoxicadas que apenas podían mantenerse vivas; no les quedaba energía ni para comunicarse con la que tenían al lado. Así pues, llegaron a la conclusión de que se iban a poner a trabajar contando solamente con aquellas que habían conseguido despertar por sus propios medios. Su número había ido creciendo, pero tan despacio que no permitía alimentar la esperanza de alcanzar un número importante.
Cada día, las células rosadas despiertas se mantenían en comunicación durante algún tiempo, entrando en una especie de meditación colectiva espontánea. Habían llegado a experimentar una curiosa sensación: participaban de una especie de pensamiento compartido. Cuanto más practicaban más palpable era la sensación de estar teniendo los mismos pensamientos, las mismas ideas y las mismas imágenes en aquella meditación grupal. Era curioso, porque al principio los pensamientos múltiples se superponían y formaban enormes cascadas y torbellinos de variados colores, pero un día ocurrió que, de repente, se formó un enorme lago de aguas cristalinas, calmadas como la superficie de un espejo. Se hizo un silencio sobrecogedor, sagrado, y todas ellas supieron y entendieron que habían conseguido escuchar todas a la vez.
Aprendieron a emitir un solo pensamiento que recorría la superficie de aquel lago como una onda producida por una sola gota de lluvia. Aquel evento dió lugar a un auténtico salto evolutivo: las células rosadas despiertas descubrieron que, desde su variedad, también podían comportarse como si fueran una sola. Habían pasado muchos días de cansancio, de desánimo, pero finalmente podían recuperar la esperanza.
Un día, cuando la superficie del lago se calmó, surgió un pensamiento-onda que recorrió toda la superficie y volvió al origen: súbitamente, las células rosadas comenzaron a cantar una nota, a emitir una vibración que resonó y produjo un enorme silencio a su alrededor. A medida que se extendía aquella nota, más y más células rosadas se unían a ella y, pronto, todo el organismo se estremeció con aquella vibración. Entonces, se empezó a extender un mensaje: un grupo de células grises, de considerable tamaño, se habían empezado a desintegrar sin motivo aparente. Como consecuencia, se produjo un enorme espacio vacío que, rápidamente, las laboriosas células rosadas ocuparon dedicándose a eliminar y reutilizar los materiales que las células grises habían dejado atrás. El revuelo fué monumental, la superficie del lago tardó bastante en volver a quedar lisa como un espejo. Algo trascendental había ocurrido.
En aquel momento, en el televisor, estaban dando la noticia de un equipo de investigadores que, a pesar de los recortes, había descubierto un procedimiento para estimular células sanas. Dichas células producían una sustancia en cuya presencia, las células de un tumor cerebral; uno de los más agresivos y devastadores, se suicidaban ordenadamente, súbitamente. El término científico que usaron fué: apoptosis.
A continuación, en las noticias, comentaron que el conjunto de los bancos habían tenido unos beneficios globales de más de 3.000 millones de euros, mientras que el país se hundía en la mayor depresión de la que se había tenido noticia en toda la historia.
En mi mente, aún somnoliento, se instaló una idea, una imagen: ¿y si los seres humanos también pudiéramos producir una sustancia, o cántico, o vibración, o lo que sea..., que haga que las "células cancerosas" que han invadido nuestra sociedad, vayan desapareciendo ordenadamente, súbitamente?...
Y sin perder un segundo, me fuí al diccionario a buscar la palabra... apoptosis ...
domingo, 25 de agosto de 2013
PRIVATIZACION DEL SOL
Se les ve el plumero.
Cuando los gobiernos favorecen de una forma tan descarada a intereses
privados, no debería hacer falta que nadie los denunciara ante el juez.
Debería existir un mecanismo para que la Justicia actuara de oficio y partiera de las noticias y declaraciones como hechos probados, como indicios claros de delito.
En palabras sencillas: estamos ante la corrupción más evidente y la violación manifiesta y vergonzante del juramento o promesa que todos hicieron de cumplir y hacer cumplir la Constitución.
En lugar de mostrar la lealtad a los votos, a los ciudadanos que
mantenemos este circo con nuestro civismo, con nuestros impuestos, con
nuestro trabajo y nuestra vida, día a día, ellos muestran descaradamente
su afán por aumentar exageradamente los beneficios de unas empresas que,
obviamente, les han debido hacer y prometer inmensos favores y regalos
que justifiquen este comportamiento. Están confundiendo el propósito de no-violencia con debilidad, y están agotando su tiempo.
Pero si tenemos jueces que permiten que un personaje público, sospechoso de varios delitos económicos, se pueda ir de rositas justificando que le tocó la lotería en siete u ocho ocasiones, es que tenemos el sistema judicial con las tragaderas más grandes que se han conocido. Por cierto, ¿se han fijado que casi todos los delitos económicos de los de siempre, sólo se dan a conocer y se llevan ante el juez cuando ya han prescrito en la mayoría de los casos? Carnaza para el populacho, pero sin consecuencias.
El Real Decreto de privatización del sol que, al parecer están
preparando y que probablemente no va a ser discutido en el Parlamento, pues para eso es un Real Decreto, no es ninguna broma, es una burla de dimensiones cósmicas a todo lo que es, o debería ser, sagrado en Democracia. Lo cual significa con claridad meridiana que nuestros queridos representantes y gobernantes no creen en la Democracia y se burlan agriamente, no sólo de su electorado: unos 10 millones de arrepentidos, sino de toda la población española, incluso de ese Dios en quien dicen creer y al que rezan y que, al parecer, creó todo lo que existe y lo entregó a sus criaturas, nosotros, sin peajes de respaldo.
Al menos, las víctimas de la guillotina, tuvieron el descanso eterno
después de sus delitos y abusos (desgraciadamente también cayó alguna cabeza
inocente), sin embargo éstos cuya integridad física va a ser respetada,
van a vivir la humillación y la vergüenza de verse enfrentados a sus
delitos lo que les quede de vida.
Ahora piensan que son los elegidos, los brazos ejecutores de esa estafa que llaman NWO, pero no son más que sicarios y cuando terminen el trabajo sucio que les han encomendado, y que están realizando con sumo placer, van a ser deshechados como se desecha el papel higiénico usado: poniendo cara de asco por si te has manchado los dedos al utilizarlo.
viernes, 16 de agosto de 2013
Nos merecemos un mundo mejor.
Ésta ha sido desde el principio de los tiempos, una de las motivaciones principales del ser humano. Somos una raza curiosa e inquieta que no ha cesado de buscar infinitas formas de vivir mejor, de explorar las múltiples posibilidades que nuestra mente, recién descubierta, es capaz de concebir e imaginar. Claro está, que el concepto "un mundo mejor", a veces, nos hace caminar por senderos y llegar a metas que resultan ser contrarias a nuestras pretensiones.
Ahora, mientras el llamado primer mundo aún se está preguntando cómo salir de la crisis económica que se ha producido, una parte del segundo mundo está reclamando su derecho a explorar formas de gobierno y de libertad a las que ellos no han tenido acceso, aún. Puede que, en ambos mundos, se esté sufriendo los efectos de algún tipo de tiranía: económica en unos casos y política y social en otros. Al fín y al cabo, los países que disfrutamos de estructuras democráticas, en lo social y en lo político, seguimos en gran medida sufriendo los efectos de un cierto tipo de monopolio (quizá no sería elegante llamarlo absolutismo, ni dictadura, ni tiranía) en lo económico.
Como explica el llamado Principio de Pareto, el 20 por ciento de la población controla el 80 por ciento de los recursos, mientras que los individuos que componen el 80 por ciento restante tienen que arreglarse para vivir disputándose el 20 por ciento de esos mismos recursos. Se trata de una ley o principio basado en la observación de la realidad en diferentes ámbitos. Eso significa que quizá no se trate de una ley inmutable, sino del efecto de un determinado paradigma en la evolución de la humanidad.
Ese paradigma o conjunto de creencias está íntimamente relacionado con la educación que se imparte en un determinado ámbito cultural. Por ejemplo, en algunos colegios elitistas, reservados para educar a los niños de la llamada clase dirigente, los alumnos son tratados con sumo respeto (sin perder de vista quiénes son sus padres), recibiendo una atención personalizada, consolidando en sus mentes el principio de que todo les es debido y que están en este mundo para poseer y controlar. Por contra, los niños de la parte menos favorecida de la población, si es que tienen acceso a alguna educación, tienen que competir por la atención y los conocimientos del profesor en aulas masificadas, exigiéndoseles mucho trabajo para unos resultados casi siempre frustrantes. Es obvio que las mentes de esos dos grupos distintos de alumnos adquieren una estructura y unas expectativas ante la vida bastante diferentes.
Es sabido que las estructuras cerebrales se desarrollan y establecen a edades muy tempranas, y resulta muy complicado experimentar grandes cambios en etapas posteriores. Por tanto, podría decirse que los sistemas de creencias que se hayan consolidado en la mente de los jóvenes, tendrán una influencia decisiva en los proyectos, en el comportamiento y en las realizaciones de esos individuos en su vida adulta. Por eso, la Educación debería ser un elemento sagrado y prioritario en cualquier sistema social que pretenda trabajar sinceramente por un mundo mejor.
Otro efecto interesante, que conviene tener en cuenta, es lo que podríamos llamar la Ley del Péndulo, y que los orientales conocen como el efecto Yin-Yang. La trayectoria que siguen los acontecimientos que componen la historia de la humanidad no sigue una evolución lineal, sino que adopta la forma de oscilaciones entre dos extremos. Por ejemplo, en la economía se habla de ciclos; ya en la Biblia se mencionan los Siete Años de Abundancia, seguidos por Siete Años de Escasez. Existen innumerables ejemplos de fenómenos que consisten en una oscilación entre dos estados: respirar, caminar, etc.
La Humanidad adopta, en una época concreta, un determinado paradigma, y de buen grado o por la fuerza, explícita o implícitamente, una parte de la población consigue imponer su criterio y todo el mundo acepta o acata dicha situación. Con el paso del tiempo, se descubre si se ha llegado a la fórmula de un mundo mejor que satisface a todos, a unos pocos, o a casi nadie. Y, gradualmente, se empieza a generar un movimiento en sentido contrario, para enmendar la situación creada. Con frecuencia, se ha recurrido al empleo de la fuerza para intentar retrasar o acelerar el proceso. La Historia se ha escrito con el relato más o menos fiel de estos procesos: la expansión y caída del Imperio Romano, la expansión y caída del Imperio Español, la expansión y caída del Imperio Napoleónico, la Rusia de los Zares, la Guerra de Secesión en Norteamérica, la Revolución Francesa, la Segunda República Española y el Golpe de Estado que acabó con ella, los períodos de Aislamiento y Expansión de China, etc. Los ejemplos son tan abundantes como recurrentes: siempre que se produce un fenómeno humano en un sentido se empieza a generar energía en sentido contrario; pasado el tiempo, las fuerzas se equilibran y, poco a poco, se va manifestando la tendencia contraria. El que dicho proceso sea cruento o incruento depende de las tendencias y las resistencias en juego. El proceso no se puede detener, pero intentarlo por la fuerza está en el núcleo de todas las guerras y genocidios descritos en la Historia de la Humanidad.
Otro factor importante en la búsqueda de un mundo mejor es la Justicia, entendida en un sentido amplio, casi filosófico, de equilibrio, de equidad, de búsqueda de la armonía en las distintas situaciones por las que atraviesa la convivencia entre personas. El concepto de Justicia es fundamental en la estructura de nuestras sociedades modernas; es un elemento imprescindible para evitar la violencia y los abusos de individuos o grupos y trazar las bases para una evolución pacífica y equilibrada entre todos los miembros de la sociedad.
En realidad, el filósofo Montesquieu, uno de los padres ideológicos de la Revolución Francesa, definió la separación de los tres poderes en un estado moderno: el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, como un factor que trataría de garantizar el equilibrio de fuerzas característico y garante de toda democracia eficaz.
La mejor prueba de ello consiste en que los grupos que han tratado de acaparar el poder, a lo largo de la Historia de la Humanidad, han hecho lo imposible por eliminar dicha separación de poderes; es más, por acaparar el poder en todas las áreas con el fín de tener bien sujeto el fiel de la balanza.
Finalmente, hagamos una reflexión sobre la Verdad. La libertad de información y de acceso al conocimiento también constituye una capa importante de los cimientos de toda sociedad: también de la nuestra. Desde tiempo inmemorial, la historia la han escrito y transmitido los vencedores. Los grupos poderosos han acaparado, escondido y tergiversado los grandes libros donde supuestamente habían quedado recogidos los conocimientos ancestrales o las revelaciones de las grandes leyes que rigen en nuestro Universo.
En tiempos modernos, y más destacada y descaradamente en los actuales, los grupos de poder hacen lo imposible por acaparar los medios de comunicación, por manipular la verdad mientras sujetan bien alto el estandarte de la Libertad de Expresión. Se ha dicho que el conocimiento es poder, y vemos todos los días cómo se manipula y deforma la información que se suministra a la población.
La inteligencia, la independencia de criterio, la capacidad de discernimiento, son sistemáticamente objeto de control y limitación en extensas capas de la sociedad.
La expresión más sublime de estos mecanismos se da en periodos electorales, en los que se suministra al pueblo la información precisa para conseguir los votos necesarios para ocupar o afianzarse en el poder. Quizá sea por ello que un amplio espectro de los políticos, una vez que reciben el apoyo de los votos, proceden a despreciar y a machacar a su propio electorado; es como si quisieran demostrar que los votos se deben a sus técnicas de manipulación y que los votantes no tienen ningún derecho a exigir nada, puesto que sus voluntades ni siquiera les pertenecen: los consideran votos cautivos, esclavos electorales en los que apoyarse para ejercer el poder con absoluta ausencia de lealtad y compromiso. Más bien, es fácil detectar a quién le deben y le profesan lealtad y compromiso los políticos en ejercicio del poder. Muchos políticos han declarado que ellos no están en el mundo de la política para ganar dinero; sin embargo, a juzgar por sus lealtades queda demostrado con absoluta claridad qué parte de su corazón está con quienes mantienen repletos sus bolsillos y qué parte de su corazón late al ritmo de su espíritu de servicio y su sentido del deber y la responsabilidad hacia la Constitución que han jurado (o prometido) cumplir y hacer cumplir.
Tomar conciencia de que nos merecemos un mundo mejor sólo es el principio, el análisis de la situación a la que hemos llegado y de los caminos por los que hemos transitado, o nos han conducido, debe ser riguroso y profundo. Hay una ley no escrita que dice: "... en el problema se esconde la solución ...". Parece que ha llegado el momento de madurar, de enfrentar valientemente todos los problemas que aquejan al mundo que padecemos y de elaborar concienzudamente una estrategia para dirigirnos, paso a paso, a ese mundo mejor que nos merecemos.
La mejor prueba de ello consiste en que los grupos que han tratado de acaparar el poder, a lo largo de la Historia de la Humanidad, han hecho lo imposible por eliminar dicha separación de poderes; es más, por acaparar el poder en todas las áreas con el fín de tener bien sujeto el fiel de la balanza.
Finalmente, hagamos una reflexión sobre la Verdad. La libertad de información y de acceso al conocimiento también constituye una capa importante de los cimientos de toda sociedad: también de la nuestra. Desde tiempo inmemorial, la historia la han escrito y transmitido los vencedores. Los grupos poderosos han acaparado, escondido y tergiversado los grandes libros donde supuestamente habían quedado recogidos los conocimientos ancestrales o las revelaciones de las grandes leyes que rigen en nuestro Universo.
En tiempos modernos, y más destacada y descaradamente en los actuales, los grupos de poder hacen lo imposible por acaparar los medios de comunicación, por manipular la verdad mientras sujetan bien alto el estandarte de la Libertad de Expresión. Se ha dicho que el conocimiento es poder, y vemos todos los días cómo se manipula y deforma la información que se suministra a la población.
La inteligencia, la independencia de criterio, la capacidad de discernimiento, son sistemáticamente objeto de control y limitación en extensas capas de la sociedad.
La expresión más sublime de estos mecanismos se da en periodos electorales, en los que se suministra al pueblo la información precisa para conseguir los votos necesarios para ocupar o afianzarse en el poder. Quizá sea por ello que un amplio espectro de los políticos, una vez que reciben el apoyo de los votos, proceden a despreciar y a machacar a su propio electorado; es como si quisieran demostrar que los votos se deben a sus técnicas de manipulación y que los votantes no tienen ningún derecho a exigir nada, puesto que sus voluntades ni siquiera les pertenecen: los consideran votos cautivos, esclavos electorales en los que apoyarse para ejercer el poder con absoluta ausencia de lealtad y compromiso. Más bien, es fácil detectar a quién le deben y le profesan lealtad y compromiso los políticos en ejercicio del poder. Muchos políticos han declarado que ellos no están en el mundo de la política para ganar dinero; sin embargo, a juzgar por sus lealtades queda demostrado con absoluta claridad qué parte de su corazón está con quienes mantienen repletos sus bolsillos y qué parte de su corazón late al ritmo de su espíritu de servicio y su sentido del deber y la responsabilidad hacia la Constitución que han jurado (o prometido) cumplir y hacer cumplir.
Tomar conciencia de que nos merecemos un mundo mejor sólo es el principio, el análisis de la situación a la que hemos llegado y de los caminos por los que hemos transitado, o nos han conducido, debe ser riguroso y profundo. Hay una ley no escrita que dice: "... en el problema se esconde la solución ...". Parece que ha llegado el momento de madurar, de enfrentar valientemente todos los problemas que aquejan al mundo que padecemos y de elaborar concienzudamente una estrategia para dirigirnos, paso a paso, a ese mundo mejor que nos merecemos.
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